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lunes, 16 de septiembre de 2013

MUJER Y DINERO: Las mujeres y las muñecas para recortar




El orden de las cosas no es un orden natural contra el que nada puede hacerse, sino que es una construcción mental, una visión del mundo con la que el hombre satisface su sed de dominio” 

Pierre Bourdieu


¿Que si las mujeres creamos riqueza? ¡Ya lo creo que sí y hasta sin proponérnoslo! Veamos varias maneras en que esto sucede.


Ya hemos hablado de cómo el trabajo reproductivo de las mujeres genera gran cantidad de riqueza a sus hogares y a sus naciones como amas de casa. Ya compartí contigo antes, cómo las mujeres generamos un porcentaje nada despreciable del producto interno bruto de nuestros países; también hemos analizado cómo, las mujeres, generan riqueza al tener dos y hasta tres empleos en un día (pues cada vez hay más hogares monoparentales liderados por mujeres), todavía ganando salarios más bajos que sus compañeros varones en virtud de su sexo.


Por cierto, aquí comparto contigo este vídeo, cuyo enlace te dejo al final de este párrafo. En él se resume, en poco más de 6 minutos, lo que te he venido diciendo a lo largo de 10 artículos. Es muy interesante pues corroborarás cómo las mujeres le dan a ganar dinero al patriarcado (cuyo sistema más acabado es el corporativismo neoliberal) consumiendo una gran variedad de productos y servicios, resultado de necesidades creadas por el mismo sistema que fomenta en todas las personas, pero más específicamente en las mujeres, toda una colección de temores, inseguridades, patologías y psicopatologías muy rentables. Las mujeres creemos que “libremente” decidimos consumir tal o cual artículo cuando ya antes nos han manipulado de muchas maneras para que creamos que necesitamos esos objetos o servicios. 



En ocasiones, cuando pienso en mujeres y la infinidad de roles que nos toca jugar, vienen a mi mente las muñequitas de papel para recortar ¿te acuerdas? Sí, de esas que comprábamos en la papelería, bueno, al menos, las niñas de mi generación (soy, orgullosamente, cosecha 59). Unas muñequitas que venían en traje de baño; sin asomo de lo que, en las clases de biología, llaman “caracteres sexuales secundarios” - no fuera a ser que tuviéramos malos pensamientos - y algunos vestidos para que las pudiéramos cambiar de acuerdo con el juego que estuviéramos inventando en ese momento (por cierto, nada muy lejano a los roles “naturales” de las mujeres: mamá, hija, hermana, esposa... cuidadora, como siempre). 

El mundo patriarcal también ve en las mujeres a unas divertidas y muy lucrativas muñequitas de recortar que modifica, viste, desviste, viola, embaraza y mata a su antojo. Los cuerpos de las mujeres siempre han sido un apetitoso botín; cuerpos manipulados, creados, recreados, reformados, deformados, destruidos por la mente masculina para saciar sus fantasías de poder: el meollo del patriarcado es eso, el poder que logra a través del dinero y de algunos mecanismos: matrimonio, trata de blancas y prostitución, comercio, tratamientos psicológicos, tratamientos físicos para “curar” procesos perfectamente normales (embarazo, menstruación, climaterio), tratamientos anti envejecimiento (proceso que, hoy en día, se maneja incluso como una enfermedad), para adelgazar, para alaciar el cabello, para rizar el cabello, para oscurecer, para aclarar, para cortar, para llevar largo, para depilar permanentemente, cuerpos rellenos, esbeltos o de plano famélicos y un largo y doloroso etcétera porque, como las pobres hermanastras de la Cenicienta, jamás cabremos en el patriarcal zapato de la mujer perfecta pues está diseñado precisamente para que jamás quepamos. Se trata de vivir presas de la inseguridad y de pasarnos de quincena en quincena gaste y gaste nuestro dinero para lograr alcanzar el ideal, como el burrito que persigue la zanahoria. 


En esos diversos papeles sociales, obedecidos por las mujeres creemos que tenemos ganancias y privilegios pues el sistema nos retrata como beneficiarias o, de plano, manipuladoras e interesadas en el dinero; no obstante, no nos damos cuenta de que sólo estamos jugando alguno de los roles que nos asigna el patriarcado. Puedo mencionar algunos: está la que llamo, la mujer aparador o mujer maniquí pues muestra – a veces puesta – las riquezas de su marido. Con ella, el marido presume de su poder adquisitivo: joyas, autos, ropa, casas, viajes, escuelas de l@s hijos. Con todo ello se pretende dar, de puertas afuera, la impresión de poder y control por parte del hombre, un hombre pudiente, pero también de estable felicidad y protección de la mujer y los hijos por parte de su pareja; aunque lamentablemente para muchas de ellas, al cerrarse las puertas de sus casas, empieza el dolor.

También está la mujer incubadora: la madre buena y paridora que dedica su vida entera a procrear y cuidad eternamente de los demás. No hay nada de malo en parir y criar hijos – yo tengo dos, fueron deseados y han sido amados desde entonces – el problema es que a ellas se les asigna ese papel en exclusividad y deben olvidarse de sus propias vidas para siempre. Me tocó convivir con este tipo de mujeres mientras mis hijos estudiaron en una escuela ultra conservadora. Yo podía ver madres de 5, 7, 8 hijos que iban desde preescolar hasta preparatoria o universidad.



La mujer maravilla, de la que ya te hablé en entregas anteriores, vive en el injusto sueño de ser Doña Perfecta; la que hace malabares con su vida y su tiempo para cumplir con múltiples ocupaciones relacionadas siempre con los demás, acabando por ser presa de fatiga crónica y otras tantas enfermedades, resultado de esa abusiva construcción de la wonder woman que muchas de ellas, lamentablemente presumen pues han comprado la idea sin ser conscientes del derroche de energía vital y del atropello que tal arquetipo supone.


Muy relacionada con la anterior está el Ama de Casa, de la que no diré más pues ya le dediqué un artículo completo. 



La mujer maltratada que…bueno, a estas alturas, ya sabes cuáles son sus características y, lo peor del caso, es que la sociedad la culpa a ella (¡Y ella se lo cree!) por el dolor que sufre. En este caso, le cuesta a la sociedad este tipo de realidad por el precio que supone a los sistemas de salud y de “justicia”.

Me permito reproducir fragmentos de un delicioso –por mordaz - texto de la escritora mexicana, Marcela Guijosa, quien habla de lo que es ser mujer y de sus múltiples roles según las demandas, necesidades y fantasías masculinas: “… (El hombre) la domina, la intenta domesticar. Sobre todo domesticar su carne. Pies vendados, uñas larguísimas, corsés, miriñaques, tacones y crinolinas destinados a inmovilizarla, a impedir su actividad. Tiene que ser bella pasiva, inerte, como de cosa. Como de objeto y posesión…como el varón la desea, ella se vuelve poderosa: y entonces es maga, hechicera, bruja, sirena, Circe, arpía que priva a los hombres de su voluntad y les da toloache y sabe de los filtros que hay en el amor…vampira, pecado, carne, concupiscencia, cloaca, suciedad…en el matrimonio, se le domestica, encerrándola dentro de la familia patriarcal. Se le “angelifica”. Ya no tiene cuerpo ni sexualidad. Virgen y pura, es la Madre. Como sirvienta, la mujer tiene derecho a las apoteosis más espléndidas. Y de aquí el culto a la madre buena, sonriente, pilar de los hogares, guardiana de la moral. La esposa es un bien. Es una bonita posesión. Su destino es representar, lucir. Es el signo del poder del marido… La madre mala se escapa hacia el mito de la suegra, la vieja, de la menopáusica. Y, por supuesto, la mujer mala, la que tiene cuerpo y sexualidad, es la puta…”Marcela Guijosa (revista FEM Año 23 N°195 junio 1999, PP. 17-18)

Mujeres plenamente objeto: prostitutas, “escorts” o como desees llamarles. Son usadas, también, para servir en restaurantes caros donde van los machos a comer, fumar, beber y, ¿por qué no? Meterle mano a las chicas que se ganan la vida tolerando patanes. Son el gancho, la carnada para que ellos asistan, gasten más dinero en esos sitios. 





Diseñadores de muebles, ropa, zapatos, espacios que usan a la mujer-objeto como tema de sus “creaciones”




Ya no se diga cómo retratan a las mujeres en los medios de comunicación..




Las mujeres maniquí con las que juegan l@s diseñador@s (porque también hay mujeres misóginas), quienes quieren borrar para siempre nuestros cuerpos de mujeres, con sus curvas, olores y procesos naturales, ordenándonos – amablemente, claro –tener esa figura andrógina tan poco agraciada.

Disfrutan haciéndonos sentir culpables y aprendemos a vivir con ese sordo, tenue pero persistente sentimiento de inadecuación (¿Me veo gorda? ¡Qué vieja me veo!, ¿¿ ¡Cómo me veo con este vestido?! “Debo comprar ese desodorante íntimo” - ¿te has fijado que no hay desodorantes íntimos ni duchas para hombres?). Muy convenientemente “olvidan” que la naturaleza nos hizo con curvas para algo: como reza el título de aquella película norteamericana que habla de una familia chicana: “Real Women Have Curves” (“Las mujeres de verdad tienen curvas”), y cuerpo y sexo que el patriarcado conculca… 



Mujeres carnada, que son usadas en un sinnúmero de artículos para hombres y que son presentadas en situaciones muy graves como violaciones tumultuarias y aparecen como algo deseable: se erotiza la más vil de las violencias contra las mujeres. O, algo más común, las mujeres como carnada en, vinos, cigarrillos, refacciones o coches. Como las ventas se dan por razones inconsciente, la comercialización de tales productos se van a las nubes: dinero, dinero, dinero a costa de las mujeres, quienes siguen sin tener acceso a él más que prostituyéndose o cosificándose. 


Con todo esto, echan a andar una multimillonaria industria de la esbeltez y la eterna juventud en esta cultura horrorizada con la vejez que fomenta el síndrome de Peter Pan lo que, a su vez, engrasa la nada despreciable industria de la “Salud Mental y Emocional” con sus terapias largas y costosas que NO nos curan (¡Ni lo mande Dios!), sólo nos adecuan como en un Huxleyano Mundo Feliz para que podamos funcionar en esta sociedad que se mueve con el dinero de personas atemorizadas, enajenadas de sus cuerpos, de sus funciones, de sus olores y procesos naturales, de su paz mental… de su ser . El jugo$o resultado son: gimnasios, masajes, cremas, pastillas, cirugías, consultorios de terapeutas, tratamientos para manejar procesos naturales que se patologizan para hacerlos rentables (¿qué dirían nuestras bisabuelas de los tratamientos de sustitución hormonal tan “necesarios” hoy en día?)

¿Que si las mujeres producimos riqueza? ¡Mucha! Y a expensas de nuestra salud y calidad de vida.

Mujeres objeto, mujeres retazo, mujeres ganancia, mujeres pedazo de carne, mujeres vitrina, mujeres vagina, mujeres comercio, mujeres incubadora, mujeres fetiche, mujeres fragmentadas….






Mujeres cansadas… como dice la gran Mafalda ¡Basta!

Aquí va el enlace de otro vídeo un poco más largo que trata de los cuerpos de las mujeres, cómo son tratados y cómo son productos que se compran y se venden, un objeto que crea riqueza a los hombres: una cosa.






Todo lo anterior me recuerda un “chiste” odioso que leí hace tiempo: “Pregunta: ¿Cómo se llama el pedazo de carne que rodea la vagina? Respuesta: Mujer”


Un abrazo,

Mercedes



((()))

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