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lunes, 22 de julio de 2013

MUJER Y DINERO: La profesión más antigua del mundo

                


¿Cuánto ganas?

Esa es una pregunta incómoda ¿cierto? Se dice que una de las razones tiene que ver con que, de manera inconsciente, asociamos la cantidad que ganamos con nuestro valor intrínseco como seres humanos: tanto ganas, tanto vales… Esta pregunta es tanto más incómoda cuando de mujeres se trata pues no se supone que, por cultura, las mujeres seamos capaces de generar ingresos – en especial, ingresos altos y disponer de ellos a nuestro antojo. 

Platicando con compañeras de trabajo y alumnas, veo que todas – unas más que otras – tenemos dificultades cuando se trata del manejo del dinero. Lo tenemos y no sabemos qué hacer con él: ahorrarlo, invertirlo, tener propiedades, son realidades que, para muchas, están fuera de nuestra realidad. 

Trabajamos con culpa porque dejamos “las labores propias de nuestro sexo” y, como forma de disminuir esa culpa, como una compensación por tamaña transgresión, utilizamos todo o casi todo el dinero en la familia: ropa o juguetes para los hijos, muebles y demás gastos para la familia. Aún cuesta trabajo sentir que podemos gastarlo en nosotras así, a nuestras anchas.

Ahora que hay más mujeres que son – somos – cabezas de familia, entramos, necesariamente, en un ámbito anteriormente vedado: el uso y manejo del dinero propio, producto de las actividades que realizamos para mantenernos nosotras y a la familia. 

Las mujeres siempre hemos manejado el dinero de la familia, es decir, lo único que hemos hecho es administrarlo, a pesar de que, estrictamente hablando, el matrimonio es una sociedad y, como vimos la semana pasada, aún las mujeres que se quedan en casa, contribuyen al aumento de riqueza de la familia a través del trabajo doméstico (Es proverbial aquello de que una buena mujer es quien estiiiiiiiraaaaa el dinero hasta el infinito para que alcance la cantidad de que disponemos con el fin de satisfacer las necesidades de la familia). 

Alrededor del dinero y, más específicamente, de ganar dinero, hay varios miedos que acechan a las mujeres: el miedo a la prostitución (la profesión más antigua del mundo), el miedo a perder la femineidad y el miedo a perder el amor del hombre (Coria, C. 2006)

Clara Coria, menciona que muchas mujeres encuentran algunas dificultades al manejar el dinero propio como, por ejemplo, cobrar su sueldo, reclamar deudas, emprender un negocio propio sin tener un hombre al lado, cobrar por servicios prestados, entre otros pues implica usar el dinero en beneficio personal, lo que acarrea sentimientos de culpa. 

Por otro lado, existen algunos hechos que se viven como “naturales” y, por lo tanto, no sólo no se hace nada para cambiar la situación sino que las mismas mujeres lo defienden. Considerar una situación dada por la cultura como algo natural es aún peor porque, con el tiempo, de tan presente y cotidiana se invisibiliza y ya nadie se da cuenta. Un ejemplo es el hecho “natural” de que el hombre gane más que una; otro más es la creencia de que una “buena” mujer no se ocupa del dinero (“es de mal gusto”, “van a pensar que soy una interesada”); por lo tanto, cobrar dinero por lo que hace se vuelve cuesta arriba pues, nadie quiere que la consideren una “mala mujer” ¿o sí? 

Las “buenas” mujeres son altruistas con su tiempo y su dinero. Como ves, son, todos estos, mandatos culturales difíciles de cambiar pues no sólo se viven como una transgresión, sino que, más grave aún, vulneran nuestra identidad: si una mujer es aquella que se queda en casa, que dona su tiempo, su dinero, que es un ser para los otros, que no gana dinero propio y que, cuando lo gana, lo dona todo a la familia, entonces aquéllas que salen de ese molde no son, del todo, mujeres ¿cierto?

Finalmente, está el fantasma de la prostitución pues al tener dinero propio se tiene libertad de movimiento lo que, inconscientemente, se asocia a libertad sexual, libertad de que se goza gracias al dinero propio (y, en la cultura patriarcal, libertad, dinero, ámbito público y mujer se asocian con libertad sexual; por lo tanto, tener poco dinero es como tener “la rienda corta”, es decir, puede ser más fácilmente controlada: sus sentimientos, su cuerpo…su sexualidad)

No sólo la sociedad la percibe así debido a este mandato cultural, una mujer que gana dinero producto de una actividad remunerada y que lo usa a su antojo, que cobra por sus servicios es vista por ella misma como una transgresora, una mala mujer o, incluso una prostituta, pues se asocian en su mente “mujer, sexualidad, dinero y ámbito público, ello evoca y remite – consciente o inconscientemente – a la prostitución” (Coria, C. 2006)*

*Coria, Clara.
“El Sexo Oculto del Dinero. Formas de la dependencia femenina”.
13° reimpresión 2006
Ed. Paidós.

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